The Crow

Estaba yo, paseando con unos amigos en un bello parque de Nakhon Si Thammarat (Tailandia),  cuando de repente con suave batir de alas, se acercó un majestuoso cuervo de los santos días i dos. Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en la barandilla. Posado junto a mi. Posado, inmóvil, y nada más.

Yo no dudé en ofrecerle mi amistad. Los dos sabíamos, por su descarada confianza, que algo oscuro y hermoso había entre los dos.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.

Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía. “Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-. No serás un cobarde.  Hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” Y el Cuervo dijo:  “Nunca más.”

Si, es misteriosamente curioso como, un pájaro y un hombre, ambos de espíritu tenebroso y gruñón, puedan compartir tanta felicidad sin siquiera conocerse.

Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas. 
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

No te olvidaré nunca, “Nunca más”. Y el cuervo emprendió el vuelo. Liberando las tristezas, que en mi alma se hallaban.  Para no volverlas a ver NUNCA MÁS.

 

 

 

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